Metamorfosis
Metamorfosis Y ya las playas del Sigeo estaban teñidas de rojo, ya Cigno, el hijo de Neptuno, había dado muerte a mil hombres, y ya Aquiles los hostigaba montado en su carro, y abatía filas enteras con la punta de su lanza de madera del Pelio. Y mientras va buscando entre las troas a Cigno o a Héctor, Aquiles se encuentra con Cigno: el encuentro con Héctor aún había de esperar nueve años. Entonces, incitando a los caballos de blancos cuellos oprimidos por el yugo, dirigió su carro hacia el enemigo, y blandiendo una lanza vibrante con su vigoroso brazo, dijo: «¡Quienquiera que seas, oh joven, recibe como consuelo de tu muerte que vas a morir a manos de Aquiles el Hemonio[10]!». Hasta aquí las palabras del Eácida[11]: la pesada lanza siguió a su voz. Pero aunque no hubo ningún error en el asta certera, nada consiguió, sin embargo, con la afilada punta de hierro: simplemente chocó contra su pecho, como si estuviese despuntada. «Oh hijo de una diosa, pues por tu fama ya te había reconocido de antemano», dijo Cigno, «¿por qué te asombras de que yo no esté herido?». (Aquiles, en efecto, estaba asombrado). «Ni este yelmo que estás viendo, con su penacho de rojas crines de caballo, ni el cóncavo escudo que sostengo con la izquierda tienen realmente utilidad alguna: su único fin es el de adornar. También Marte suele tomar las armas sólo para eso. Aunque me quitara la protección de esta cubierta, saldría igualmente ileso. Quiere decir algo no ser hijo de una nereida, sino de aquél que gobierna al mismo Nereo, a sus hijas y al océano entero». Así dijo, y arrojó contra el Eácida una lanza que fue a clavarse en la curvatura del escudo, atravesando el bronce y nueve pieles de buey que había detrás, pero que fue frenada por la décima. El héroe la arrancó y volvió a arrojar un asta vibrante con su poderosa mano: otra vez el cuerpo quedó intacto, sin heridas. Tampoco la tercera lanza consiguió rozar siquiera a Cigno, que se ofrecía indefenso a las armas. Aquiles se enfureció, igual que un toro cuando en medio del anfiteatro se abalanza con la terrible cornamenta contra aquello que lo irrita, el trapo rojo, y siente que sus ataques son eludidos. No obstante, verificó si acaso la punta de hierro se había desprendido del asta: estaba clavada en la madera. «¿Entonces, es mi mano la que es débil», dice, «y las fuerzas que antes tenía me han abandonado todas a la vez? Pues, indudablemente, yo era fuerte, tanto cuando fui el primero en derribar las murallas de Lirnes, como cuando llené de su propia sangre Ténedos y Tebas la de Etión, cuando el Caíco fluyó purpúreo por la matanza que hice en sus orillas, o cuando Télefo experimentó por dos veces el poder de mi lanza[12]. Y también aquí mi diestra, con todos estos muertos que he amontonado en la playa y que ahora veo, ha sido y es poderosa». Así dijo, y como si no pudiera creer del todo en lo que antes había hecho, arrojó su lanza contra Menetes, un soldado plebeyo de Licia, y le desgarró la coraza y con la coraza el pecho. Mientras aquél golpeaba el duro suelo con el pecho moribundo, él mismo sacó el arma de la herida caliente, y dijo: «Ésta es la mano, ésta es el asta con la que acabo de vencer: las emplearé también contra él; concededme que sea con el mismo éxito». Así habla y tira contra Cigno, y el asta de fresno no yerra; no esquivada, resuena en el hombro izquierdo y luego cae, como repelida por una roca maciza o una pared. Sin embargo, en donde Cipo había sido golpeado, se veía una mancha de sangre; Aquiles exultó en vano: no había ninguna herida, la sangre era de Menetes.