Metamorfosis

Metamorfosis

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Libro decimotercero

Los jefes se sentaron, y con la tropa de pie haciendo corro, se alzó ante ellos Ayax, señor del escudo de siete capas. Sin poder contener su ira, se volvió con torvo semblante a mirar la playa del Sigeo y la flota varada en la playa, y tendiendo las manos, dijo: «¡Por Júpiter! ¡Discutimos una causa ante las naves, y es Ulises quien se mide conmigo! Sin embargo, no dudó en retirarse ante el fuego provocado por Héctor, ante el que en cambio yo resistí, repeliéndolo de nuestra flota. Sin duda es más fácil luchar con palabras engañosas que combatir con las manos. Pero ni yo estoy dotado para la palabra ni él para la acción, y cuanto valgo yo en el campo de batalla, en el feroz combate, tanto vale él hablando. Y no creo que tenga que recordaros, pelasgos, cuáles han sido mis hazañas: vosotros mismos las habéis visto. Que cuente las suyas Ulises, puesto que las lleva a cabo sin testigos, y sólo la noche las conoce. Grande es el premio al que aspiro, lo reconozco, pero mi rival menoscaba el honor que ello supone: Ayax no puede sentirse orgulloso de haber obtenido aquello, aunque grande, a lo que haya aspirado Ulises. Él, en cambio, sólo con esta prueba ya ha salido ganando, pues aunque pierda, dirán de él que fue capaz de medirse conmigo. En cuanto a mí, en el caso de que mi valor fuera puesto en duda, merecería vencer por la nobleza de mi linaje, pues soy hijo de Telamón, quien en compañía del fuerte Hércules expugnó los muros de Troya y alcanzó las costas de la Cólquide con la nave de Págasa. Su padre fue Éaco, que ahora dicta ley a las sombras silentes, allí donde el eólida Sísifo empuja la pesada roca. Y el supremo Júpiter reconoce y admite que Éaco es hijo suyo, por lo que yo, Ayax, soy el tercero en línea desde Júpiter. Sin embargo, aqueos, no quiero que este linaje cuente a mi favor si alguien puede demostrar que no lo comparto con el gran Aquiles. Era como mi hermano: son bienes fraternos lo que pido. ¿Por qué un nacido de la sangre de Sísifo[1], parecidísimo a él en los engaños y en las asechanzas, debería mezclar el nombre de otra familia con el de los eácidas? ¿Es que se me van a negar esas armas por haberme unido al ejército antes que él, y sin que nadie me acusara? ¿Es que le vais a considerar superior a mí por haber sido el último en tomar las armas y haber eludido la milicia fingiéndose loco, hasta que el Nauplíada[2] más astuto que él, aunque perjudicándose a sí mismo, descubrió lo que había inventado su espíritu cobarde y lo arrastró a empuñar esas armas que había evitado? ¿Va a tomar ahora las mejores porque no quiso antes tomar ninguna? ¿Y yo me veré privado de la gloria y de los dones de mi primo por haberme enfrentado al peligro desde el principio? Pero ¡ojalá esa locura hubiera sido cierta o, por lo menos, hubiese sido creída, y nunca hubiese venido con nosotros hasta la fortaleza frigia este instigador de delitos! Tú, hijo de Peante[3], no estarías abandonado en Lemnos con ignominia para nosotros, tú que ahora, según dicen, oculto en antros silvestres, conmueves a las piedras con tus lamentos y suplicas para el Laertíada[4] lo que se merece, cosa que, si los dioses existen, no tendrías que rogar en vano. Y ahora, en cambio, aquél que con nosotros juró fidelidad a las armas, uno, ¡ay!, de nuestros mejores jefes, a quien las flechas de Hércules han elegido como heredero, debilitado por la enfermedad y por el hambre se viste y se alimenta de las aves que caza, y cazando pájaros gasta las flechas destinadas a la destrucción de Troya. Pero él por lo menos vive, gracias a que dejó de tener a Ulises por compañero. También el infeliz Palamedes habría preferido ser abandonado: entonces, sin duda, aún estaría vivo, o habría tenido una muerte sin deshonor. En cambio Ulises, que recordaba demasiado el vergonzoso descubrimiento de su falsa locura, inventó que había traicionado a los dánaos, y probó el supuesto delito mostrando una cantidad de oro que había enterrado previamente. Así pues, con el exilio o con la muerte les ha restado fuerzas a los aqueos: ¡así es como combate, así es como se hace temer Ulises! Por más que supere en elocuencia hasta al fiel Néstor, no conseguirá convencerme de que abandonar a Néstor no fue un delito. Cuando éste, retardado por la herida de su caballo y agotado por el peso de los años, pidió la ayuda de Ulises, su compañero le volvió la espalda. Que no me estoy inventando esta acusación lo sabe bien el Tidida[5], que sólo consiguió detenerle tras llamarle muchas veces por su nombre, y que reprendió a su amedrentado amigo por su huida. Pero los dioses miran las vicisitudes de los mortales con ojos justos: he aquí que el que no prestó ayuda antes ahora la necesita, e igual que abandonó, así tenía que haber sido abandonado; él mismo se había dictado la ley. Llama a los compañeros: yo llego y le veo pálido y temblando de miedo, aturdido ante la muerte cercana. Puse delante la mole de mi escudo y lo protegí mientras yacía tendido en el suelo, salvando así (poco mérito hubo en ello) su alma cobarde. Si insistes en competir conmigo, volvamos a ese lugar: ¡vuelve a poner al enemigo tu herida y tu acostumbrado miedo, escóndete tras mi escudo y enfréntate a mí desde ahí abajo! Pero en cuanto conseguí arrastrarlo lejos de allí, el que no tenía fuerzas ni para tenerse en pie porque estaba herido, huye raudo sin que ninguna herida le frene. Llega Héctor y trae consigo a los dioses al campo de batalla, y allí por donde irrumpe no sólo a ti te aterra, Ulises, sino también a los fuertes, tanto es el miedo que arrastra con su persona. Cuando exultaba por el éxito de su sangrienta matanza, yo le hice caer de espaldas arrojándole desde lejos una enorme roca; cuando desafiaba a que alguien se le enfrentara, yo sólo me medí con él, y vosotros, aqueos, rogasteis para que fuera yo el elegido por la suerte, y vuestros ruegos fueron escuchados. Y si queréis saber de qué parte quedó la victoria, yo no fui vencido por él. He aquí que los troyanos se abalanzan con hierro y fuego y con el favor de Júpiter sobre las naves de los dánaos: ¿dónde estaba entonces el locuaz Ulises? Yo, yo protegí con mi pecho las mil naves, única esperanza de vuestro retorno: ¡dadme las armas a cambio de las naves! Pues, si se me permite decir la verdad, el honor es mayor para ellas que para mí, su gloria está ligada a la mía, y son las armas las que reclaman a Ayax, no Ayax a las armas. El itacense[6] alegará frente a esto la muerte de Reso y del pacífico Dolón, la captura de Héleno, hijo de Príamo, y el rapto de la estatua de Palas: nada de ello a la luz del sol, nada lo ha hecho separado de Diomedes. Si por fin le concedéis estas armas por unos méritos tan viles, divididlas, y que se quede Diomedes con la parte mayor. Pero, además, ¿para qué las quiere el itacense, que siempre lleva a cabo sus hazañas a escondidas, desarmado, y sorprende al incauto enemigo con sus engaños? El mismo brillo del casco, que reluce con el fulgor del oro, traicionará sus insidias y revelará dónde se esconde. Y ni podrá la cabeza del rey de Duliquio[7], bajo el yelmo de Aquiles, soportar tanto peso, ni podrá la pesada lanza de madera del Polio resultar ligera para sus débiles brazos, ni el escudo sobre el que se condensa la imagen del vasto mundo está hecho para una izquierda cobarde, nacida para el hurto. ¿Por qué deseas, desvergonzado, un don que te haría débil? Si el pueblo aqueo, por error, te lo concediera, el enemigo tendría entonces una razón para intentar robarte, no para temerte, y la huida, única cosa en la que, oh miedosísimo, nos vences a todos, será lenta si tienes que llevar tanta carga. Añade que este escudo tuyo, que ha soportado tan pocos combates, está intacto, mientras que el mío, que a fuerza de parar golpes presenta mil hendiduras, necesita un nuevo sustituto. Pero, en fin, ¿para qué seguir hablando? ¡Juzguémoslo por las acciones! ¡Que arrojen las armas del fuerte Aquiles en medio de los enemigos: luego ordenadnos recuperarlas, y distinguid con ellas a aquél que las traiga!».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker