Metamorfosis

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«Si mis deseos y los vuestros se hubiesen cumplido, pelasgos, no habría dudas sobre el heredero de tan gran carga, pues tú mismo, Aquiles, disfrutarías aún de tus armas, y nosotros de tu presencia. Pero puesto que un destino injusto nos ha privado de él a vosotros y a mí (y con una mano se secó los ojos como si llorara), ¿quién podría ser mejor sucesor del gran Aquiles que aquel por quien el gran Aquiles se unió a los dánaos? Espero que a éste no le favorezca el hecho de que parece un inepto, como de hecho es; igualmente espero que no me perjudique a mí este ingenio que siempre os ha beneficiado, oh aqueos, y que esta locuacidad mía, si es que tengo alguna, que tantas veces ha hablado en favor vuestro y ahora lo hace en favor de su dueño, esté libre de toda hostilidad; que nadie renuncie a utilizar sus buenas cualidades. En efecto, yo me resisto a considerar como méritos propios la estirpe, los antepasados y las cosas que no hemos hecho nosotros mismos. Pero puesto que Ayax ha aducido es bisnieto de Júpiter[8], entonces Júpiter también es el patriarca de mi estirpe, y mi grado de parentesco es el mismo. En efecto, mi padre es Laertes, el de Laertes es Arcesio, y el de Arcesio, Júpiter; y entre ellos no ha habido ningún condenado al exilio[9]. Y por parte de madre se añade también otro grado de nobleza, el dios de Cilene[10]: hay un dios en las familias de ambos. Pero yo no reclamo las armas expuestas según la mayor nobleza de mi nacimiento por parte de madre ni por el hecho de que mi padre no se haya manchado de la sangre de su hermano. Juzgad el caso de acuerdo con nuestros méritos, siempre que no consideréis un mérito de Ayax el hecho de que Peleo y Telamón fueran hermanos, y tampoco los lazos de sangre, y que lo que reclaméis para estos despojos sea la dignidad del valor. Pero si realmente se busca la proximidad de la sangre y el primer heredero, Aquiles tiene un padre, Peleo, y tiene un hijo, Pirro: ¿qué tiene que ver Ayax? ¡Que lleven estas armas a Ftía o a Esciros! Y, además, Teucro no es menos primo de Aquiles que éste: ¿acaso reclama él las armas? Y si las reclamase, ¿las obtendría? Así pues, puesto que hemos de competir de acuerdo con nuestras hazañas, sin más, yo, desde luego, he llevado a cabo muchas más de las que puedo incluir en un discurso improvisado; no obstante, intentaré referirlas por orden. La nereida madre de Aquiles[11], conociendo de antemano su muerte, había disfrazado a su hijo, y los había engañado a todos, incluyendo al propio Ayax, con el falso atuendo de que le había vestido. Yo introduje entre mercancías femeninas unas armas que iban a despertar sus instintos viriles, y aún no se había despojado el héroe de sus ropas de muchacha cuando yo, mientras empuñaba el escudo y la lanza, le dije: “¡Oh hijo de diosa, la caída de Pérgamo está reservada para ti! ¿A qué esperas para destruir a la poderosa Troya?”, y poniéndole la mano encima envié a aquel esforzado a cumplir esforzadas hazañas. Así pues, sus obras son también mías: yo vencí en combate a Télefo con mi lanza, y lo reanimé cuando me suplicaba, derrotado; que Tebas cayera es mérito mío; a mí tenéis que atribuirme la caída de Lesbos, a mí la de Ténedos, Crise y Cila, ciudades de Apolo, y la de Esciros; considerad que las murallas de Lirneso cayeron al suelo derruidas y abatidas por mi diestra. Y por no hablar de otros, fui yo quien os dio al único que podía destruir al cruel Héctor: ¡gracias a mí ha muerto el ínclito Héctor! Os pido estas armas a cambio de aquellas con las que descubrí a Aquiles: se las di cuando vivía; ahora, tras su muerte, las vuelvo a reclamar. Cuando el dolor de uno[12] alcanzó a todos los dánaos y mil naves se agolparon en Áulide, frente a Eubea, los vientos, largo tiempo esperados, o no soplaban o eran contrarios a la flota: un cruel oráculo ordena a Agamenón que sacrifique a su hija inocente a la implacable Diana. Él se niega y se enfurece con los propios dioses, pues en el rey también está el padre. Yo, con mis palabras, vuelvo su tierno sentimiento paternal hacia el bien público. Y ahora en verdad lo confieso, y que el hijo de Agamenón perdone mis palabras: defendí una causa difícil ante un juez que no era imparcial. Sin embargo, él se dejó convencer, por el bien del pueblo, por su hermano, por todo lo que significaba el cetro que le había sido concedido, a pagar la gloria con sangre. También se me envía a hablar con la madre, a la que no tuve que exhortar, sino engañar con astucia: si hubiese ido el hijo de Telamón, las velas todavía estarían esperando el viento. También fui enviado, en audaz embajada, a la misma ciudadela troyana, y vi la asamblea de la alta Troya, y entré: todavía estaba llena de guerreros. Impertérrito, llevo a cabo la misión que me había encomendado la coalición griega: acuso a Paris, reclamo a Helena y el botín, y consigo ablandar a Príamo y a Anténor[13], brazo derecho de Príamo. Pero Paris y sus hermanos, y quienes bajo sus órdenes habían perpetrado el rapto, a duras penas contuvieron sus impías manos; bien lo sabes tú, Menelao; ése fue el primer día en que compartí el peligro contigo. Sería demasiado largo referir todas las cosas útiles que he hecho, tanto con mis consejos como con mis manos, en el tiempo que ha durado esta larga guerra. Tras los primeros combates, los enemigos se encerraron durante mucho tiempo dentro de las murallas, y no hubo posibilidad de luchar en campo abierto: sólo hemos vuelto a combatir ahora, en el décimo año. ¿Qué has hecho mientras tanto tú, que no sabes hacer otra cosa que pelear? ¿De qué nos has servido? En cambio, si quieres saber qué es lo que he hecho yo, pues bien: tiendo insidias al enemigo, fortifico las trincheras, consuelo a los compañeros para que soporten con serenidad el tedio de esta guerra interminable, enseño de qué forma hemos de proveemos de víveres y armas. Soy enviado allí donde la ocasión lo requiere. He aquí que, por consejo de Júpiter, engañado por la visión de un sueño, el rey nos ordena abandonar la guerra que hemos emprendido. Él puede defender su decisión con la autoridad de aquél que la ha inspirado. ¡Ayax no debería permitirlo, debería exigir la destrucción de Pérgamo y, cosa que sí sabe hacer, combatir! ¿Por qué no detiene a los que se disponen a marcharse? ¿Por qué no toma las armas y da a la tropa desorientada un ejemplo a seguir? ¡No era demasiado pedir para alguien que no dice otra cosa que fanfarronadas! Pues ¿no se dispuso a huir él mismo? ¡Vi, y me avergoncé de verlo, cómo volvías la espalda y preparabas ignominiosamente las velas! Yo, inmediatamente, dije: “¿Qué hacéis? ¿Qué locura os instiga, compañeros, a abandonar Troya, que ya está vencida? ¿Qué llevaréis a casa, tras nueve años, sino deshonor?”. Con éstas y con otras palabras, en las que la misma rabia me hacía elocuente, los traje de vuelta de la flota que estaba lista para zarpar. El Atrida[14] convoca a los compañeros temerosos y amilanados; ni siquiera entonces el hijo de Telamón osó abrir la boca. Térsites, sin embargo, sí se atrevió a atacar a los reyes con sus palabras, aunque gracias a mí su desvergüenza no quedó impune. Me pongo en pie y exhorto a los asustados soldados contra el enemigo, y con mi voz les devuelvo el valor que habían perdido. Desde ese momento, todo lo que por caso pueda parecer que éste ha hecho, ha sido gracias a mí, que lo volví a traer cuando ya volvía la espalda. Y además, entre los dánaos, ¿quién te alaba o te busca? En cambio, el hijo de Tideo me comunica todos sus actos, me aprecia, y siempre confía en su compañero Ulises. Quiere decir algo, ser el único elegido por Diomedes entre tantos miles de griegos. En otra ocasión, no era un sorteo lo que me obligaba a ir, pero, no obstante, despreciando el peligro de la noche y del enemigo, mato al frigio Dolón, que estaba intentado lo mismo que yo[15], pero no antes de haberle obligado a traicionar y a confesar cuáles eran los planes de la pérfida Troya. Ya lo sabía todo, ya no tenía por qué seguir investigando, y podía haber regresado con la gloria asegurada. Sin embargo, no contento con ello, me dirigí a las tiendas de Reso[16], y en su mismo campamento lo asesiné a él y a sus compañeros, y así, victorioso, una vez cumplido mi propósito, me adueño de su carro y entro de vuelta en el campamento como en un glorioso desfile triunfal. Si me vais a negar las armas de aquel cuyos caballos había pedido el enemigo como recompensa por la misión de una sola noche, entonces Ayax es más benévolo conmigo que vosotros. ¿Para qué hablar de las tropas de Sarpedón que arrasé con mi espada? Dejé tendidos en un lago de sangre al ifítida Cérano, a Alástor, a Cromio, a Alcandro, a Halio, a Noemón y a Prítanis; di muerte a Toón y a Cárops con Quersídamas, a Énnomo, arrastrado por un destino despiadado, y otros menos famosos cayeron bajo mi mano al pie de las murallas. También yo he sufrido heridas, ciudadanos, gloriosas también por el sitio donde están; y no os pido que creáis en vanas palabras: ¡mirad!», y con la mano se abrió la túnica. «Este pecho siempre se ha esforzado por vuestra causa», dijo. «En cambio, en todos estos años el hijo de Telamón no ha derramado una sola gota de sangre por sus compañeros, y en su cuerpo no hay heridas. Pero ¿qué importa esto, si, como él dice, tomó las armas para defender a la flota pelásgica contra los troyanos y contra Júpiter? La defendió, lo reconozco: en efecto, yo no suelo desacreditar maliciosamente las hazañas de los demás. Pero que no se atribuya él solo lo que fue un trabajo común, y que os rinda a vosotros una parte de la gloria: fue el Actórida[17] quien, con la seguridad que le daba estar vestido de las armas de Aquiles, rechazó a los troyanos lejos de las naves que iban a arder junto con su defensor. También se considera el único que se atrevió a enfrentarse a las armas de Héctor, olvidándose de los reyes, de los jefes y de mí; fue el noveno que se presentó para la misión, y si fue elegido fue un don de la suerte. Y en cualquier caso, ¿cuál fue el resultado, oh fortísimo Ayax, de vuestro combate? Héctor salió ileso, sin ninguna herida. ¡Ay de mí, con cuánto dolor me veo obligado a recordar el día en que cayó Aquiles, baluarte de los griegos! Pero ni las lágrimas ni el dolor, ni el miedo me impidieron rescatar su cuerpo, levantándolo del suelo. Sobre estos hombros, sobre estos hombros, digo, cargué a la vez el cuerpo y las armas de Aquiles, armas que todavía ahora lucho por llevar. Tengo la fuerza necesaria para soportar un peso como ése, y tengo sin duda un espíritu capaz de apreciar el honor que me haríais. ¡Oh, claro! ¿Es que la azulada Tetis se afanó por su hijo precisamente para eso, para que esos dones del cielo, objetos de un arte tan excelso, los lleve ahora un soldado rudo y sin sensibilidad? Ni siquiera sabría reconocer lo que hay cincelado en el escudo: el océano, la tierra y el alto cielo con las estrellas, las Pléyades, las Híades y la Osa que nunca toca las aguas, las ciudades opuestas[18] y la brillante espada de Orión. ¡Pide que se le entreguen unas armas que no comprende! ¿Y qué decir de que me acusa de que, huyendo de los duros deberes de la guerra, me incorporé tarde a una empresa ya comenzada, sin darse cuenta de que así habla mal también del magnánimo Aquiles? Si llamas crimen a haber fingido, hemos fingido ambos; si la demora se considera una culpa, yo llegué antes que él. A mí me retuvo mi devota esposa, a Aquiles su devota madre, y a ellas les dimos ese primer período, a vosotros todo lo demás. Y no me asustaría, suponiendo que no pudiera defenderme, tener un crimen en común con un hombre tan grande; en cualquier caso, él fue descubierto por el ingenio de Ulises, pero Ulises no fue descubierto por el ingenio de Ayax. Pero no debe sorprendernos que difunda calumnias sobre mí con su estúpida lengua, puesto que también a vosotros os echa en cara cosas vergonzosas. Pues si fue vil que yo acusara a Palamedes de un falso crimen, ¿acaso fue decoroso que vosotros le condenaseis? Pero el Nauplíada no fue capaz de defenderse de un fraude tan grande y tan evidente, y vosotros no oísteis el crimen que había en ello: lo visteis, y las pruebas del pago eran patentes. Y tampoco merezco que se me considere culpable de que el hijo de Peante esté en Lemnos, la isla de Vulcano; defended vosotros vuestra decisión, puesto que disteis vuestro consentimiento. Y no voy a negar que yo le persuadí para que se sustrajera a las fatigas de la guerra y del viaje e intentara aliviar con el reposo sus tremendos dolores. Me hizo caso, y está vivo. Mi consejo no sólo fue leal, sino también feliz, aunque la lealtad ya habría sido suficiente. Y si ahora los adivinos le reclaman para la destrucción de Pérgamo, no me mandéis a mí: que vaya mejor el hijo de Telamón, que con su elocuencia apaciguará sin duda al héroe enloquecido por la ira y por la enfermedad, o, siendo tan astuto, ya encontrará algún otro artificio para traerle. Pero el Simois[19] fluirá hacia atrás, el Ida se alzará sin bosques y Acaya prometerá ayuda a Troya antes de que, si yo dejo de preocuparme por vuestros problemas, el ingenio del estúpido Ayax sirva a los dánaos de alguna ayuda. Ensáñate si quieres con tus compañeros, con el rey y conmigo, despiadado Filoctetes; impreca contra mí si quieres, maldice sin fin mi persona, desea que la suerte me entregue a ti y a tu dolor para que puedas beberte mi sangre, y que, como dispuse yo de ti, puedas dis poner tú de mí: a pesar de todo iré a buscarte y me esforzaré por traerte de vuelta conmigo, y me apoderaré, si la fortuna me asiste, de tus flechas, igual que me apoderé del adivino de los dárdanos[20], al que capturé, igual que hice que me revelara los responsos de los dioses y el destino de Troya, igual que robé de Frigia la estatua sagrada de Minerva de entre medias de los enemigos[21]. ¿Y Ayax quiere compararse conmigo? Todos sabemos que los hados prohibían la toma de Troya sin esa estatua. ¿Dónde está el fuerte Ayax? ¿Dónde están las grandilocuentes palabras del gran hombre? ¿Por qué en esta ocasión tienes miedo? ¿Por qué, en cambio, Ulises sí se atreve a pasar entre los centinelas y a entregarse a la noche, y a penetrar entre espadas feroces no sólo dentro de las murallas de Troya, sino hasta la cima de la ciudadela, y a llevarse a la diosa de su templo y, una vez raptada, traerla de vuelta cruzando las filas enemigas? Si yo no lo hubiese hecho, en vano el hijo de Telamón llevaría en el brazo izquierdo las pieles de siete toros. Esa noche yo decidí la caída de Troya, en ese momento yo vencí a Pérgamo, cuando forcé que pudiera ser vencida. Y deja de indicarnos con tus miradas y tus murmullos a mi querido Tidida: él tiene su parte de gloria en ello. Pero tampoco tú estabas solo cuando embrazabas tu escudo para defender la flota de la coalición: a ti te acompañaba una entera multitud, a mí un solo hombre. El cual, si no supiera que el hombre belicoso es inferior al inteligente, y que no se trata de premiar una diestra indómita, él mismo reclamaría estas armas; las reclamaría también el otro Ayax[22], más moderado, y el fiero Eurípilo, y el hijo del ilustre Andremón, e igualmente Idomeneo[23] y su compatriota Meriones, y las reclamaría el mayor de los hermanos Atridas[24], pues, sin duda, también sus brazos son fuertes y no son inferiores a ti en el campo de batalla; pero ellos se han retirado ante mi sabiduría. Tú tienes una diestra eficaz en la batalla, pero una inteligencia que necesita ser guiada por mí; tú ejercitas la fuerza sin pensar, yo me preocupo por el futuro; tú sabes combatir, pero el Atrida consulta conmigo el momento del combate; tú eres útil sólo con el cuerpo, yo con la mente, y de cuanto el que gobierna la nave supera al simple remero, de cuanto un general es más importante que un soldado, en igual medida yo soy superior a ti. Y no es que en mi cuerpo la inteligencia sea más poderosa que la mano: es que toda mi fuerza reside en ella. Así pues, vosotros, oh jefes, entregad el premio al que vela por vosotros, concededme este honor por la solícita dedicación de todos estos arios y en pago por todos mis méritos. Nuestras fatigas ya tocan a su fin: yo he eliminado los obstáculos del destino, y haciendo que Pérgamo pudiese ser vencida, la vencí. ¡Ahora yo os ruego, por las esperanzas de la coalición, por las murallas de Troya condenadas a caer, por esos dioses que hace poco arrebaté al enemigo, por aquello, si es que queda algo, en lo que haya que actuar con sabiduría, si todavía queda algo que abordar con audacia y con arrojo, si creéis que todavía falta algo para el final de Troya: acordaos de mí! ¡O, si no me dais las armas a mí, dádselas a ella!». Y señaló a la fatídica estatua de Minerva.


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