Metamorfosis

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Pero los hados no permiten que junto con las murallas de Troya se destruyan también sus esperanzas. El héroe citereo[42] toma consigo las sagradas imágenes y, segunda cosa sagrada, a su padre[43], a quien, venerable carga, lleva sobre sus hombros. Ese botín y a su Ascanio[44] es lo que elige el piadoso Eneas de entre todas sus riquezas, y zarpando desde Antandro[45] huye por el mar con su flota, deja atrás los impíos confines de los tracios y la tierra de la que mana la sangre de Polidoro, y con vientos propicios y corrientes favorables entra con sus compañeros en la ciudad de Apolo[46]. Allí Anio, que como rey de hombres y sacerdote de Apolo gobernaba con justicia, le recibe en el santuario y en su palacio, y le enseña la ciudad, los famosos templos y los dos troncos a los que se había agarrado Latona al dar a luz. Tras ofrecer incienso en los altares y verter vino sobre el incienso, una vez quemadas según el rito las entrañas de los bueyes inmolados, se dirigen a la morada del rey, y tras disponer unas mullidas alfombras se alimentan con los dones de Ceres y con líquido Baco. Entonces el buen Anquises: «Oh distinguido sacerdote de Apolo, ¿me equivoco, o cuando visité por primera vez esta ciudad tú tenías, según recuerdo, un hijo y cuatro hijas?». Anio, sacudiendo las sienes envueltas en blancas vendas, le respondió tristemente: «No te equivocas, oh héroe grandísimo; viste como padre de cinco hijos al mismo que ahora (tanta es la inestabilidad de las cosas que trastorna a los hombres) ves casi sin ninguno. Pues, ¿en qué me puede ayudar un hijo ausente que en cambio de vivir con su padre vive en la tierra de Andros, que de él ha tomado el nombre, y allí habita y reina? A éste el dios de Delos[47] le dio la facultad de predecir el futuro, y al resto de mi estirpe, a las hembras, Líber[48] les concedió un don que superaba todo deseo y toda credibilidad. En efecto, tocadas por mis hijas todas las cosas se convertían en mieses, en vino o en el fruto de Minerva[49], y así poseían una facultad preciosa. Cuando lo vino a saber el Atrida[50], destructor de Troya (para que veas que también a nosotros, desde alguna parte, nos han llegado noticias de vuestra tempestad), empleando la violencia de las armas las arrancó por la fuerza del regazo de su padre, y le s ordenó que proveyeran de víveres a la flota argólica empleando su divino don. Ellas huyen, cada una a donde puede: dos se dirigen a Eubea y otras tantas a la fraterna Andros. Los soldados se presentan allí y amenazan con la guerra si no se las entregan. El miedo vence al amor fraternal: entregó a sus hermanas al castigo. Pero hay que perdonar su miedo: no estaba allí Eneas para defender Andros, no estaba allí Héctor, gracias a quien resististeis hasta el décimo año. Y ya preparaban las cadenas para atar sus brazos: ellas, tendiendo hacia el cielo los brazos todavía libres, dijeron: “¡Ayúdanos, padre Baco!”, y el que les había concedido el don las ayudó, si es que a destruirlas de un modo prodigioso se le puede llamar ayuda. Y ni pude saber entonces ni puedo decir ahora de qué manera perdieron su figura. Sólo conozco la conclusión del drama: les salieron plumas y se transformaron en las aves de tu consorte, en blancas palomas».


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