Metamorfosis

Metamorfosis

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Libro decimoquinto

Mientras tanto, se busca a alguien que sobrelleve el peso de tan gran carga y que sea capaz de suceder a un rey tan grande. La Fama, profético nuncio de la verdad, destina al poder al ilustre Numa; éste no se conforma con conocer las costumbres de las gentes sabinas: en su mente capaz concibe cosas mayores, e investiga la naturaleza de las cosas. Precisamente el amor por esta afición hizo que, tras abandonar su Cures natal, se encaminara hasta la ciudad del anfitrión de Hércules[1]. Al preguntar quién había fundado esa ciudad griega en tierras itálicas, uno de los ancianos del lugar, que conocía bien los tiempos antiguos, le respondió así: «Dicen que el hijo de Júpiter, rico en bueyes de Iberia, llegó desde el mar con tranquila travesía hasta las costas lacinias[2], y que mientras sus rebaños vagaban por los tiernos pastos él entró en la casa del gran Crotón, acogedora morada, y con el descanso se repuso de sus largas fatigas. Y al marcharse dijo así: “En la época de tus nietos aquí surgirá una ciudad”; y sus promesas se hicieron realidad. En efecto, hubo un tal Míscelo, hijo de Alemón de Argos, el hombre más querido por los dioses de toda aquella época. Inclinándose sobre él cuando estaba vencido por un sueño profundo, Hércules, portador de la clava, le habló así: “Abandona tu patria, vamos, y busca la pedregosa corriente del lejano Ésar”, y añadió muchas y temibles amenazas si no le obedecía. Tras ello desaparecen a la vez el sueño y el dios. El Alemónida se levanta y en silencio repasa en su mente la reciente visión, y durante mucho tiempo debate la decisión en su interior: el dios le ordena partir, las leyes le prohíben marcharse, y está decretada la pena de muerte para quien quiera abandonar la patria.


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