Metamorfosis

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Había un monte teñido por la sangre de animales de todas las especies, y ya el día, en su mitad, había contraído las sombras de las cosas y el Sol se encontraba a la misma distancia de los dos extremos de su recorrido; entonces el joven hiantio[9] se dirigió con palabras sosegadas a sus compañeros de caza, que erraban por cuencas apartadas: «Las redes y las armas están empapadas de sangre de las fieras, compañeros, y la caza de hoy ha sido suficientemente afortunada. Cuando la próxima Aurora vuelva a traernos el día en su carro dorado, reemprenderemos nuestra tarea; ahora Febo se encuentra a igual distancia de las dos metas y resquebraja los campos con su calor: dejad lo que estéis haciendo y retirad las nudosas redes». Los hombres obedecieron e interrumpieron su actividad.

Había un valle poblado de piceas y de puntiagudos cipreses llamado Gargafia, lugar consagrado a Diana, la diosa del vestido remangado[10]; al final de ese valle, en un recóndito lugar del bosque, había una gruta que no había sido tallada con ningún artificio: la misma naturaleza, con su genio, había imitado al arte. En efecto, con viva piedra pómez y toba ligera había formado un arco natural, a cuya derecha gorgoteaba una límpida fuente de aguas tranquilas que formaba un amplio estanque rodeado de orillas herbosas. Allí solía rociar de agua sus virginales miembros la diosa Diana cuando estaba fatigada de la caza.


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