El cuarto poder
El cuarto poder Estas palabras hicieron una impresión extraña en Gonzalo. El pensamiento así expresado era la fórmula brutal, pero exacta y precisa de su vago imaginar, de cierto desasosiego que le había quedado desde la noche anterior. Efectivamente, ¡qué ojos tan hermosos, tan cándidos y maliciosos a la vez! ¡Qué cutis de alabastro! ¡Qué labios, qué dientes, qué dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba aún más delgada que cuando se había ido y más desgarbada. ¿Cómo le había gustado aquella chica? Gonzalo se confesó con sencillez que gustar… lo que se llama gustar de veras… como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le había gustado. ¿Entonces por qué…? ¡Vaya usted a saber lo que son estas cuestiones! Era un niño, no hablaba con señoritas. La amabilidad de aquella le impresionó… Luego cierta vanidad de tener novia… Después la distancia que agranda y mejora los objetos… En fin, todo se había combinado para ligarle a aquella muchacha… ¡Pero si él hubiera visto antes a Venturita…! Más valía no pensar en ello. El asunto estaba ya demasiado adelantado para volverse atrás.