El cuarto poder
El cuarto poder Cuando entró de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados halló a sus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino el de la tienda de quincalla: «¿No saben ustedes lo que pasa, señores?». Todos se levantan y le cercan. El comerciante habla visiblemente conmovido. «Esta noche han robado y asesinado a don Laureano». «¿Qué don Laureano, el de la quinta?». «Sí, el de las Aceñas… Dicen que a las dos y media, poco más o menos, entraron nueve hombres enmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a la señora y a la criada y a don Laureano lo degollaron… Antes creo que le hicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero… El buen señor no tenía más que doce mil reales, y ellos empeñados en que había gato escondido… Le amarraron por aquí, salva sea la parte, y tira que tira para hacerle cantar…».
Un estremecimiento de horror agitó a los notables de Sarrió. Quedáronse pálidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantoso tormento. La quinta de las Aceñas estaba a una legua de la villa, en la soledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Veíanse ya asaltados en sus casas de la Rúa Nueva o de Caborana y asesinados crudelísimamente. ¡Sobre todo aquellos tirones! ¡Santo Cristo, qué atrocidad!