El cuarto poder

El cuarto poder

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Se habían tomado algunas medidas acertadísimas; de gran utilidad. Hasta las doce de la noche los serenos tenían orden de no apagar ningún farol. A aquellos se les había provisto de nuevos pitos infinitamente más sonoros que los antiguos. Además tenían prevención para vigilar a cualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre los vecinos se había convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desde las diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos la enorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejar la acera. Con tal motivo, encontrándose una noche en la calle de San Florencio don Pedro Miranda y don Feliciano Gómez, ambos embozados en sus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquier evento, don Feliciano le gritó a don Pedro desde lejos:

—¡Eh, amigo, al arroyo!

—Psch, psch; sepárese usted —contesta don Pedro.

—Quien debe apartarse es usted —replica el comerciante—. ¡Al arroyo, al arroyo!

—Psch, psch, haga usted el favor de dejar franco el paso —responde el señor Miranda.

Ninguno de los dos se movía de su sitio. Habíanse desembozado y mostraban ya la punta aguzada de sus floretes.

—Tenga usted la bondad…


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