El cuarto poder

El cuarto poder

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Venturita tomó el papel entre las manos y lo contempló unos instantes con deleite. Después, haciendo una mueca de fingido desdén, se lo alargó otra vez diciendo:

—Toma, toma, embustero.

Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendió la suya y se lo arrebató riendo.

—¿Qué papelitos son esos?

Venturita, como si la hubieran pinchado, brincó en el asiento y sujetó fuertemente la muñeca de su hermana.

—¡Trae, trae, Cecilia! ¡Deja eso! —exclamó con el rostro echando fuego, contraído por forzada sonrisa.

—No; quiero verlo.

—Ya lo verás después; ¡suelta!

—Quiero verlo ahora.

—Vamos, niña, déjaselo ver. ¿Qué te importa? —dijo doña Paula.

—No quiero que me lo quite nadie por fuerza —gritó poniéndose seria. Después, comprendiendo la imprudencia de esto, tornó a ponerse risueña.

—Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala.

—¡Vaya un empeño! ¡Suelta tú, que me lastimas!


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