El cuarto poder
El cuarto poder —Me tiraba mucho, y, al desatarlo, me pinché con el alfiler que sujeta la cinta de arriba… El pobre Gonzalo no se arreglaba muy bien para atármelo, ¿verdad? —añadió riendo.
—¡Oh, no! —replicó el joven con forzada sonrisa, pasmado de aquella sangre frÃa.
La disculpa, aunque bien urdida, no coló. Valentina estaba bien segura de lo que habÃa visto.
—¿Crees que se habrá tragado lo del pinchazo? —preguntó Gonzalo con ansiedad luego que hubo salido.
—Tal vez no; pero no hay cuidado con ella. Es la más reservada de todas.
Valentina fue a entregar los patrones a la señora y se despidió hasta el dÃa siguiente. Al cruzar por el pasillo oyó claramente el rumor de un beso. Miró hacia el cuarto oscuro que allà habÃa, y creyó percibir los cuadros blancos y negros del vestido de Nieves.
—¡Alza! ¡Esto está que arde! —murmuró con aquel ceño saladÃsimo que tanto la caracterizaba.
Bajó la escalera y salió a la calle, donde ya la esperaba su Cosme para acompañarla hasta casa.