El cuarto poder
El cuarto poder El teatro hervÃa ya de gente. El escenario permanecÃa aún desierto. Estaban casi en tinieblas. Solo por un tragaluz de vidrios empolvados abierto allá en el fondo de la escena, despojada del telón de foro, penetraba escasÃsima claridad. A fuerza de tiempo, acostumbrados los ojos a la oscuridad, podÃan distinguirse los unos a los otros. El que entraba, iba despacio por el pasillo de las butacas para no tropezar, palpando los cráneos de los que las ocupaban, por ver si habÃa alguna vacante.
—Aquà no, don Rufo.
—¿No hay asiento? —preguntaba sonriendo al vacÃo como los ciegos.
—No; suba usted arriba, a los palcos.
—Véngase aquÃ, don Rufo, véngase aquà —gritaba uno que estaba más adelante.
—¿Eres tú, Cipriano?
Y empujando y tropezando, llegaba el recién venido a colocarse. Alguno más práctico encendÃa una cerilla, pero al instante salÃan voces de la cazuela:
—¡Eh! ¡Eh! ¡Cuidado con las narices, don Juan! Cuando va por las noches a casa de la Peonza, el diablo que cerilla enciende.
Don Juan se apresuraba a apagarla para librarse de aquellos insultos que hacÃan prorrumpir en carcajadas al ocioso público.