El cuarto poder

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XI

Que Gonzalo se casó. Graves revueltas entre los socios del Saloncillo

Los altos y graves negocios que embargaban a don Rosendo, no consintieron que dedicase al desagradable suceso que en el mismo tiempo turbaba la quietud de su casa, aquella atención preferente que en otra sazón le hubiese dedicado. Sin embargo, al tener noticia de la traición de Gonzalo y del extravío de su hija menor, sintiose fuertemente alterado. Tuvo con su esposa largas y vivas pláticas acerca del asunto. Prueba irrecusable de que los grandes hombres, aunque solicitados por tantos y tan elevados pensamientos, no desdeñan por eso las cosas que tocan a la vida íntima, como vulgarmente se asegura. Su primer impulso fue despedir a Gonzalo y encerrar a su hija en un convento. Las súplicas de doña Paula y la reflexión, que ejercía sobre su claro espíritu imperio absoluto, le hicieron volver sobre tal acuerdo. Al cabo de algunos días de dudas (pocos, porque otros cuidados le reclamaban), vino en permitir que se casasen los descarriados jóvenes, no sin celebrar antes una conferencia con Cecilia y escuchar de sus labios que perdonaba, de buena voluntad a su hermana, y deseaba que cuanto más pronto se celebrase el matrimonio.


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