El cuarto poder

El cuarto poder

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—¿No te lo decía yo, mujer? —murmuraba Teresa al oído de Valentina mirando a nuestra joven—. Si la señorita Cecilia no puede querer a nadie.

Gonzalo huía de entrar en la sala de costura. Cuando alguna vez lo hacía, se mostraba tan alterado y confuso, que las bordadoras se guiñaban el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y a Cecilia tan sosegada e indiferente, cualquiera trocara los papeles que ambos habían hecho en aquel triste episodio de amor.

Las lenguas, en tanto, allá afuera, en las calles, en las tiendas, en las casas y en los paseos, no se daban punto de parada. El acontecimiento había causado profunda sensación en la villa. Mientras se preparaba el matrimonio con Cecilia, la opinión general era que Gonzalo daba pruebas de tener un gusto deplorable. Se despellejaba a la pobre muchacha, y se la ponía poco menos que como un monstruo de fealdad. Todos se maravillaban de que no hubiese elegido a su hermana, tan linda, tan graciosa. En cuanto aprendieron el cambio, las opiniones viraron asimismo repentinamente. «¡Qué escándalo!». «¡Qué acción tan villana!». «¡Qué padres los que consienten tal ultraje!». «¿Dónde está la vergüenza de los hombres?». «¡Pobre niña, tan buena, tan esbelta, con unos ojos tan hermosos!». «Yo la encuentro más bonita que su hermana». «Yo lo mismo…».


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