El cuarto poder
El cuarto poder Era esta un posesión situada a una legua próximamente de la villa, donde el genio de don Rosendo, secundado por el dinero, había tenido ocasión de desenvolverse libremente y dar prodigiosos frutos. Cuando la comprara, hacía más de veinte años, constituíanla unos cuantos prados y un bosque donde pastaban las vacas y cantaban los malvises, jilgueros y mirlos. Don Rosendo principió por desterrar esta colonia indígena y sustituirla por otra extranjera. El ganado del país fue proscripto trayendo en su lugar otro de Suiza. Con igual severidad fueron arrojados, a tiros, de los árboles, los pajaritos antiguos, para colgar un sinnúmero de jaulas con aves raras y exóticas, que graznaban miserablemente todo el año a la salida del sol. El espíritu emprendedor y reformista de don Rosendo, no se detuvo tampoco en el reino animal. Con la misma audacia pasó al vegetal, e hizo cambiar por entero la faz de aquellos campos. Poco a poco, a impulsos del hacha y de la sierra, fueron desapareciendo los copudos y grandes castaños de hojas anchas y frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, los gigantescos robles que habían renovado sus hojas picadas más de trescientas veces, los nogales que parecen enormes plantas de albahaca, los jugosos pomares, cuyas ramas se doblan hasta dejar delicadamente el fruto en el suelo, y otros árboles de arraigo y respetabilidad en el país. En su lugar se plantaron washingtonias, wellingtonias, araucarias excelsas y otros muchos árboles de casta extranjera, perteneciendo en su mayor parte a la familia de las coníferas. Esto hacía que la posesión, en concepto del vulgo, guardase cierto parecido con un cementerio. Respondía don Rosendo a tal observación, que las coníferas tenían la ventaja de conservar la hoja por el invierno. Replicaba el vulgo que de este modo parecía un cementerio por el invierno y por el verano. Don Rosendo no se dignaba contestar a esta sandez, y tenía razón.