El cuarto poder
El cuarto poder El granuja que tenÃa este apodo, privado de sus atributos infernales, confuso y avergonzado, se retiró de la escena.
Al poco rato empezó a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor ansiedad por ver la metempsÃcosis de aquel ángel exterminador. No se hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por el aire como encendido cometa.
—¡Matalaosa! —gritaron todos. Una inmensa carcajada sonó en el teatro.
—Mátala, no te descubras que te vas a constipar —dijo uno desde la cazuela.
Matalaosa se retiró avergonzado como su compañero Levita.
TodavÃa ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la vergüenza a otros tantos pillastres de la calle que servÃan de comparsas en el teatro. El baile se terminó al fin sin más incendios.