El cuarto poder

El cuarto poder

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—Por nada. Déjalo, déjalo —replicó abrochándose de nuevo la camisa y tapándose con la ropa.

Venturita se quedó con las tijeras en la mano mirándole fijamente, en actitud confusa. Él tenía la misma profunda arruga en la frente y miraba al techo.

—¿Pero por qué…? ¿Qué te ha dado, chico…?

—Nada, nada. Déjame que voy a descansar.

La joven se quedó todavía unos instantes mirándole. Inflamándose de pronto, tiró con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo y desdeñoso que tan bien sabía dar a sus palabras cuando quería:

—Me alegro. El espectáculo no era muy agradable; sobre todo poco antes de comer.

Al mismo tiempo se volvió dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo exclamó con sonrisa sarcástica:

—Y yo me alegro de haberte dado esa alegría.

Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios temblaron. Apretó la sábana con las manos convulsas, y lanzó una serie de interjecciones brutales, entregándose a una de esas cóleras breves y terribles de los hombres sanguíneos.

Antes que se hubiese apagado por completo, oyó tocar en la puerta suavemente. Figurándose que era su mujer, gritó con furia:

—¿Quién va?


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