El cuarto poder

El cuarto poder

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—Soy yo, Ventura. ¡Abre! Gonzalo está ahí.

La puerta se abrió, en efecto. Apareció Ventura más pálida que una muerta. El duque de Tornos estaba en el otro extremo, y se dirigía a una ventana para saltar por ella. Cecilia corrió hacia él y le sujetó por los brazos.

—¡No, eso no! No se consigue nada… Ventura, escapa… ¡Hacia la cocina…! Gonzalo sube por el cuarto de papá.

La joven hablaba en falsete con tono imperioso, la mirada fulgurante.

Ventura no se lo hizo repetir. Salió con precipitación del gabinete.

Cecilia entonces arrastró al Duque con fuerza hacia uno de los divanes, y le dijo:

—Siéntese usted.

El magnate la miró demudado, y preguntó:

—¿Para qué?

—¡Siéntese usted, le digo! —pronunció con rabia la joven, y al mismo tiempo, poniéndole las manos sobre los hombros, le empujó hacia abajo.

El Duque se sentó al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus rodillas; le echó los brazos al cuello; reclinó su cabeza sobre la del noble, llegando a poner los labios sobre su rostro.


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