El cuarto poder
El cuarto poder —Tú estás mal, Cecilia. Te veo pálida y triste. Necesitas salir de aquà y vivir con más expansión, en un medio más a propósito para los jóvenes. Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te asfixias, como un pájaro dentro de la campana de una máquina neumática.
Este gran pensador tenÃa a veces sÃmiles felices, arrancados como el presente a las ciencias fÃsico-naturales. En la viveza con que la joven aceptó el ofrecimiento, entendió que, como siempre, habÃa dado en el clavo.
Ventura aparecÃa como antes. La terrible escena que habÃa pasado, el sacrificio de su hermana y su justo desprecio después, no habÃan dejado huella en su vida. HacÃa lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa de su persona y descuidada de las otras como siempre lo habÃa sido. Sin embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, huÃa de encontrarse a solas con ella. Era bien fácil, porque Cecilia tampoco tenÃa deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel.