El cuarto poder
El cuarto poder Pasó ocho días en gran zozobra. A la hora de repartir las cartas en la fonda, experimentaba una ansiedad que le sofocaba, esperando ver llegar encerradas en un sobrecito las feas y colosales calabazas, castigo justo a su demasía y sandez. Transcurrieron, no obstante, los ocho días y aun los quince, y la contestación no parecía. Se fue calmando con la esperanza vaga de que la carta no hubiese llegado a su destino. Si había llegado, forjábase la ilusión de que Cecilia la habría roto sin dar cuenta a nadie. Mas he aquí que, cuando ya no la esperaba, se encuentra a la hora de almorzar sobre el plato una carta de España, letra desconocida de mujer. Es irrepresentable la congoja que le acometió. Se puso tan blanco como el mantel. El corazón quería saltársele del pecho. Abriola con mano trémula… ¡Ahaaa!, suspiró descansado, después de haberla devorado en dos segundos. Llevose la mano al pecho, limpiose el sudor con el pañuelo, y volvió a tomar la carta y a releerla con calma.