El cuarto poder

El cuarto poder

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—¡Qué cambio el de Venturita! Es una joven preciosa.

Por bajo que lo dijo la niña lo oyó. Se puso seria con afectación, hizo un leve mohín de desdén con los labios, y se fue derecha al comedor, ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espontáneo la había causado.

La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincias, abundante, limpia, sin flores ni los demás refinamientos elegantes que la civilización va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de Gonzalo había desaparecido. Parecía que ayer había cenado allí también. Una ráfaga de alegría sopló sobre todos. Cambiáronse palabras y risas. Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Doña Paula arreglaba la distribución de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y haciéndole guiños provocativos, mientras esta, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidiéndole discreción. Don Rosendo había ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le habría hecho daño la cena. Su esposa invitó al joven forastero a sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero esta se había pasado al otro extremo de la mesa, y allí se disponía a sentarse.

—¿Qué haces, chica? ¿Por qué no vienes a tu sitio? —le preguntó doña Paula con sorpresa.


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