La aldea perdida
La aldea perdida —¡Ande allá, abuela, que tiene usted la cara más fea que la papeleta de la contribución!
Y se encaminó á la casa en busca de la guadaña acompañado de la risa y algazara de los espectadores.
Felicia salió con un vaso y una botella en las manos: escanció el rojo licor de Castilla y lo ofreció liberalmente al gaitero y tamborilero.
—Que usted la goce muchos años, tÃa Felicia, y que esa manzanita encarnada que está al balcón no se la coma ningún pÃcaro, sino un hombre de bien como el tÃo Goro… La Virgen del Carmen las proteja… Adiós… adiós…
La gaita y el tambor se perdieron por las retorcidas callejuelas de la aldea.
Demetria, disipada ya por entero la nube de tristeza que sombreaba su alma, corrió á vestirse. Delante de un espejillo fementido peinó su cabellera soberbia; la cubrió después á medias con un pañuelo de seda azul, cuyos flecos le caÃan graciosamente por la frente: colgó de las orejas los pendientes de aljófar que su padre le habÃa traÃdo recientemente de Oviedo; ciñó su garganta con tres sartas de corales; apretó su talle con el justillo de cien flores y cordones de seda torzal; se puso el dengue de pana, la saya negra de estameña, la media blanca, el zapato de becerro fino… ¡Ea, ya está lista la zagala!