La aldea perdida
La aldea perdida —Bendita sea tu sandunga, chiquita, y el cura que te puso la sal y la comadre que te cantó el ro ro y hasta el primero que te dijo ¡por ahà te pudras, serrana! ¡Bendito sea tu salero y esos negros bozales que tienes en la cara que cuando los veo me hace pÃo pÃo el alma como si tuviese escondido un ruiseñor aquà dentro!
—¿Qué estás diciendo, Celso? ¡No entiendo una palabra! —exclamó riendo la zagala.
Los demás también reÃan sin comprender. Iba el flamenco á proseguir en sus piropos exóticos aprendidos allá en la tierra de MarÃa SantÃsima entre tragos de manzanilla y bocados de gazpacho blanco, cuando una voz bronca gritó desde el corredor vecino:
—¡Celso! ¡Celso!
Y apareció el rostro espantable de la tÃa Basilisa.
—¿Y el verde para el ganado, grandÃsimo holgazán? ¿TodavÃa no lo has segado?
—Ahora mismito, abuela.
—Anda listo, zángano, comedor, porque si no voy allá y te estrello en la cabeza la sartén.
El héroe agitó la cabeza con desesperación; rechinó los dientes. Su alma se inundó de amargura. ¡Cruel humillación para un hombre que habÃa corrido tantas juergas á orillas del Guadalquivir!
Miró al corredor y cerciorándose de que la vieja se habÃa ya retirado, exclamó con voz sorda: