La aldea perdida
La aldea perdida —Anda, hija mÃa, vé á lavarte los ojos para que no conozcan que has llorado. Yo voy á hacer lo mismo. Arréglate también, que el tiempo pasa y habrá que vestir el ramo. Tu padre ya bajó á Entralgo… ¿Quién le quita á él su rato de tertulia en el atrio de la iglesia antes de entrar en misa?
Demetria hizo como se le mandaba. Cuando se estaba bañando los ojos con agua fresca llegó á sus oÃdos el penetrante son de la gaita y el redoble del tambor. Borróse súbita la melancolÃa de su rostro. Una dulce sonrisa volvió á esparcirse por él, y sin terminar de secarse salió apresuradamente al corredor. El gaitero con su gaita adornada con cintas de colores y el tamborilero desembocaban ya frente á la casa seguidos de un enjambre de niños. Allà se pararon para tocar la alborada. Los vecinos salÃan á las ventanas y á las puertas pintándose en todos los rostros la alegrÃa.
También salió Celso, el heroico Celso, con la frente vendada para dar testimonio de la descomunal batalla que habÃa librado la noche anterior; fresco, no obstante, y espléndido como una rosa. Avanzó hasta el medio de la calle y despojándose de la montera y agitándola en la mano como si fuese á brindar la muerte de un toro profirió dirigiéndose á Demetria: