La aldea perdida

La aldea perdida

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Trazas llevaba la buena mujer de no terminar en toda la mañana su alegato, pero advirtió que Demetria no parecía escucharla: sollozaba cada vez con más desesperación.

—¿Por qué lloras de ese modo, hija? ¿Por un dicho, por una niñería?… ¡Deja á esa deslenguada que la coma la envidia!

—Es que yo, madre —profirió la niña con trabajo, —yo quisiera saber… si ese dicho era cierto… porque ya lo he oído otras veces, aunque nunca se lo dije hasta ahora.

Felicia en vez de responder rompió á llorar hilo á hilo como su hija, de tal modo que ésta se vió al cabo necesitada á consolarla.

—¡Nunca pensara, Demetria, que me habías de dar un disgusto tan grande! —articulaba entre sollozos que la rompían el pecho.

Demetria atribulada la besaba y la abrazaba con anhelo.

—Perdóneme, madre… yo no quería disgustarla… ¡No llore, madre, no llore!

Felicia se calmó; pero Demetria se quedó sin obtener respuesta satisfactoria á su pregunta.


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