La aldea perdida

La aldea perdida

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—El que saca una navaja no es mozo leal ni regular. No se degüella á los hombres como á las reses —repuso el tío Goro con la profundidad que le caracterizaba.

El estallido lejano de un cohete les hizo á todos levantarse de sus asientos y salir fuera del pórtico.

—¡Ahí están los ramos! —gritaron los chicos.

La pequeña iglesia de Entralgo se halla situada en la falda de la colina y dista del pueblo dos tiros de piedra. Desde el campo que hay delante se domina bastante bien el valle. Por la falda de la colina opuesta, donde está asentada Canzana, bajaba ya la procesión de los ramos llevando á su frente al valeroso Celso. Sonaban lejos las notas agudas de la gaita y el sordo redoble del tambor. Poco después se escucha el ruido de los panderos y el cántico de las mozas. Por fin, entre los árboles que á modo de bóveda sombrean la calzada pedregosa se divisan los pañuelos de cien colores de las zagalas y los ramos de pan guarnecidos de flores y cintas y la novilla juguetona y empenachada. Los de Entralgo tiran sus monteras al alto saludando con alegría la pintoresca comitiva. Cuando llega salen á recibirla y se cambian entre unos y otros cordiales saludos.

El glorioso Bartolo aprovecha la confusión para acercarse á Nolo y le dice:


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