La aldea perdida
La aldea perdida —Ya sé que esta noche en la peña de Sobeyana habéis zurrado la piel á esos cerdos de LorÃo. Todos te lo agradecemos, Nolo. En este pueblo siempre tendrás guardadas las espaldas.
—Muchas gracias, Bartolo —responde el héroe mientras en sus labios se dibuja una sonrisa altiva. —Nada sé de eso que me dices. Desde aquà nos hemos ido á la cama. Ya sabes que la peña de Sobeyana no está en el camino de Villoria.
—Aunque lo niegues es igual. Hasta los gatos saben en el pueblo lo que habéis hecho: yo mejor que ninguno porque estaba en los maizales de la vega esperando á ver si quedaban algunos pocos rezagados para abollarles los cascos. ¡à mà no me han metido en casa, puño! Hasta que no pude más estuve arreando leña detrás del palacio del capitán, y cuando ya me vi cercado por más de treinta salté la cerca de la Pedrosa y me metà en la vega. El palo se me habÃa roto en dos cachos sobre la mollera de Firmo de Rivota y tuve que sacar un bárgano de la sebe para defenderme. Esta mañana todavÃa estaban en el mismo sitio los dos pedazos del palo:… aquà los traigo para que nadie me llame embustero.
Y el glorioso hijo de la tÃa Jeroma sacó por debajo de la chaqueta que llevaba sobre el hombro los dos cachos del garrote, mudos testigos de su valor indomable. Nolo los contempla con expresión irónica y dice riendo: