La aldea perdida
La aldea perdida —¡Lástima de palo! No volverás á tener otro tan majo, Bartolo. Me alegro de que haya sido mentira lo que me dijeron.
—¿Qué te dijeron? —preguntó un poco turbado el valiente.
—Que la tía Jeroma te había llevado por las orejas á casa antes de comenzar la gresca.
—¿Quién dijo eso, puño? Suéltalo en seguida, porque quiero meterle estos cachos del garrote por los dientes —exclamó hecho una furia el hijo de la tía Jeroma.
Nolo se esquivó riendo y se introdujo entre la muchedumbre á ver si tropezaba con Demetria. Ésta, otras dos mozas de Canzana, Rosaura y Telva, y Eladia de Entralgo habían sido designadas por el señor cura para llevar en procesión la imagen de la Virgen. Tal resolución sirvió para que el festivo Regalado se proporcionase un rato de maligno placer á costa de Maripepa.
—Oyes, chica —exclamó así que acertó á verla. —Á todos nos ha sorprendido y disgustado que el señor cura no te llamase para llevar á la virgen. Porque, á la verdad… eso de haber elegido tres mozas de Canzana y sólo una de Entralgo no está bien.
—¡Ya lo creo, como que las de Canzana le traen los jarritos de leche caliente, la manteca fresca, la morcilla y el queso! ¡Yo como soy una pobrecita no puedo traerle nada! —exclamó con acento de rabia Maripepa.