La aldea perdida
La aldea perdida —Mirad, mirad cómo ahuma el techo de mi casa —exclamó Bartolo señalando al fondo.
—Sin duda la tÃa Jeroma te prepara la borona. Asà te has criado tú tan rollizo —repuso Celso bromeando.
Entralgo estaba en efecto á sus pies. Era un grupo de cuarenta ó cincuenta casas situado entre el rÃo Nalón y el pequeño afluente que venÃa de Villoria, á la entrada misma de la cañada que conduce á este pueblo. Por todas partes rodeado de espesa arboleda en medio de la cual parece sepultado como un nido. Sobre el pequeño cerro que lo domina, en una meseta, está Canzana, lugar de más caserÃo, rodeado de árboles, mieses, prados y bosques deliciosos. Sólo veÃan de él las manchas rojas de sus tejados; tanto le guarnecen los emparrados de sus balcones y los frutales de sus huertas. Estos dos lugares, con otros cuatro ó cinco pequeños caserÃos distribuÃdos por los cerros colindantes, constituÃan la parroquia.