La aldea perdida

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Prosiguió ésta encendida é indecisa bastante tiempo. Por una y otra parte se peleaba con vivo ardor. Los de Lorío, engreídos por sus victorias pasadas y confiados en sus fuerzas, se lanzaban con impetuoso alarde sobre los de Entralgo. Éstos, con el alma sangrando de coraje y despecho, se defendían sin retroceder una pulgada, inmóviles en su sitio, como si estuviesen clavados á la tierra. Allí vi á Angelín de Canzana repartiendo garrotazos con tanta furia y cólera que nadie se ponía al alcance de su palo que no sintiese pronto sus efectos perniciosos. Este palo era un regalo primoroso que le había hecho un pastor de Sobrescobio. Buscaba éste por los montes de Raigoso una ternera que se le había perdido. Angelín, que allí estaba apacentando sus vacas, le ayudó en la tarea durante largas horas: por este servicio le hizo presente de aquel magnífico garrote pintado y esculpido finamente, con su correa para sujetarlo á la mano, adornado en la porra con lucientes clavos dorados. Allí estaba Simón de María, llamado el Cojo de Mardana que, aunque lisiado de nacimiento, se revolvía mejor que los que estaban bien completos. El garrote pesado de acebuche parecía una paja entre sus manos indomables. No lejos de él combatía furiosamente Tanasio de Entralgo, que en vez de garrote liso empuñaba un cayado enorme con el cual llevaba la ruina y el estrago á las huestes enemigas.


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