La aldea perdida
La aldea perdida —¡Míralo, míralo! —exclamaba Celso con exótico acento. —¡Qué morrillo sabroso luce el maldito!, ¡qué buenas piernas!, ¡qué nalgas!… Bien se conoce que la tía Jeroma no tiene otro pichón que cebar… ¡Vaya un pimpollo!… Me han dicho que todas las mañanas le unta de manteca fresca para que esté suave y reluzca… Á ver, Bartolo…
Y se acercaba á él y le pasaba con delicadeza la mano sobre la cerviz. Bartolo gruñía.