La aldea perdida
La aldea perdida —SÃ; acaba de entrar, pero ha salido sin detenerse por la otra puerta y se ha metido en la pomarada.
Firmo quiso seguirle. Martinán le dijo:
—Es inútil que le busques. La pomarada está más oscura que una cueva y tú no la conoces como él. Antes que dieras muchos pasos en ella ya él la habrá saltado y estará en su casa.
El mozo de Rivota se encogió de hombros con cólera y desdén y profirió sordamente:
—Bueno… otro dÃa será. Échame un vaso de sidra, Martinán.
El tabernero se apresuró á cumplir la orden. Firmo se arrimó para beberlo al tonel mismo en que estaba escondido Bartolo. Al cabo de unos momentos de silencio uno de los paisanos le preguntó sonriendo:
—¿QuerÃas decir un recado á Bartolo?
—SÃ, una palabrita al oÃdo nada más —respondió el mozo fijando sus ojos airados en el techo.
Nuevo silencio. Todos le contemplan con atención y curiosidad.
—Si tienes mucha prisa, esta misma noche antes de retirarme pasaré por su casa y se lo diré —manifestó con sorna Martinán.
—No —replicó Firmo, —es menester que yo le vea. —Y después de vacilar un poco añadió: —Es que quiero que me enseñe los pedazos de un garrote…