La aldea perdida
La aldea perdida —Toma, ¿y por eso tienes tanta prisa? —exclamó Martinán riendo. —De noche se ve mal. Déjalo para cuando haga día claro… Además, ¿para qué diablos quieres ver un palo roto?
—Es que dice que lo ha roto ayer en mis espaldas y anda por ahí enseñando los cachos á todo el mundo.
—¿Á todo el mundo menos á ti?
—¡Claro!… Y ya ves tú, ¿quién ha de tener más gusto que yo en ver cómo ha quedado ese vardasco?
Los paisanos celebraron la ocurrencia. El mozo se humanizó y bebió sonriendo otro vaso.
—Acaso te habrán engañado, Firmo —manifestó uno de ellos. —Bartolo es un infeliz, incapaz de hacer daño á nadie.
—¡Bartolo es un burro! —profirió el mozo volviendo á encresparse. —Y más cobarde que una liebre. Entre todos los mozos de Entralgo no hay ningún zampatortas más que él. Por eso es el único que chilla. Siempre relatando hazañas y en cuanto tocan á repartir leña ya se está escondiendo…
—¿Cómo escondiendo? —exclamó Martinán. —Estás equivocado, Firmo. Nunca supe yo que Bartolo se haya escondido.
Los paisanos prorrumpieron en grandes carcajadas.