La aldea perdida
La aldea perdida —¡Siempre, siempre! —dijo Firmo con Ãmpetu. —En la romerÃa del Obellayo se acurrucó en una mata de zarza y allà se estuvo mientras hubo palos. Ayer noche, al comenzar la gresca, buscó la puerta de su casa y se trancó. Y hoy, antes que le alcanzara ningún vardascazo, se echó por el castañar arriba, camino de las Llanas, para venir ahora.
—¿Y cómo diste con él?
—Llegábamos unos cuantos amigos de correr á los de Villoria, cuando vimos un mozo saltar al camino delante de nosotros. «Asà Dios me salve si aquél no es Bartolo», dije yo en seguida. Le conocÃ, aunque la noche no está muy clara, por lo derrengado. Me echo á correr detrás y le grito: «¡Aguarda, aguarda un poco, Bartolo!». ¡Ay, amigos! ¡Quién le veÃa escapar por el prado del señor cura abajo!… Bien podéis creerme que perdÃa el culo.
—Todo no, pero un poco no le vendrÃa mal perderlo —aseguró un paisano.
—SÃ; aún le quedarÃa bastante —replicó Firmo.
—Pero yo no puedo creer que Bartolo se esconda, ¡vamos! —dijo otro, recalcando el chiste de Martinán.