La aldea perdida

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Flora también quedó silenciosa al cabo. Ambas prosiguieron un buen rato su tarea sin decirse palabra. Al cabo aquella levantó la cabeza y sonriendo maliciosamente exclamó:

—¡Si será verdad lo que dijo la tía Rosenda, la noche de la lumbrada!

Demetria ya no se acordaba; la miró sorprendida.

—Sí, que tú y yo nos parecemos en la historia… Porque yo también sospecho que no soy lo que parezco —añadió ruborizándose.

Demetria, profundamente interesada, olvidándose en un punto de sí misma, la instó para que se explicase. La gentil morenita se hizo de rogar. Le daba mucha vergüenza manifestar quién sospechaba que fuese su padre.

—¡Aciértalo, aciértalo! —le decía á su amiga riendo.

—¿Pero cómo? —exclamaba ésta.

—Verás… voy á darte las señas… Es un caballero, no es un aldeano… guapo… rico… Tú le conoces.

Demetria permaneció un instante pensativa.

—¿D. Antero? —preguntó al cabo inocentemente.

Flora soltó una carcajada.

—¡Pero, niña, tú no estás sana de la cabeza! Si don Antero tendrá unos treinta años y yo voy á cumplir diez y ocho… ¿Me había de tener á los doce?


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