La aldea perdida

La aldea perdida

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

En aquel momento llegó Linón con su trabuco y en calzoncillos. D. Félix le metió la boca por el oído para decirle:

—Es un mozo que venía á galantear á Flora.

El adusto Linón sonrió en la oscuridad.

—Ya sé quién es: el hijo de la tía Javiera de Fresnedo —manifestó con su habitual sagacidad.

D. Félix no quiso desengañarle, ni tampoco á Regalado y su mujer, con quienes inmediatamente se reunió. No le pareció bien divulgar la calaverada de un personaje eclesiástico, por más que sólo de un pelo estuviese colgado de la santa madre Iglesia. Así, el pobre Jacinto de Fresnedo cargó de modo real con la culpa de D. Lesmes y de un modo ideal con los palos. Florita se prometió hacerle pagar cara la vergüenza y la molestia que le hizo experimentar.

Terminada de tal modo feliz aquella aventura temerosa, cada cual se volvió á la cama.

—¡Zángano!, ¡más que zángano!, ¡pendejo!, ¡rijoso!… ¿Para qué quieres tú á esta niña? ¿Para casarte? No, porque si sueltas las rentas de la capellanía te mueres de hambre. Para seducirla y reirte de ella después como has hecho con otras, ¿verdad?… Yo velaré, ¡yo velaré, tunante!…

Y en estas disposiciones protectoras, el capitán, en vez de velar, se durmió como un santo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker