La aldea perdida
La aldea perdida Eran ya bien las ocho de la mañana cuando se despertó. Lo primero que pensó al mirar el reloj fué que Flora pudiera haberse marchado sin despedirse y llamó en alta voz á D.ª Robustiana. No, Flora aún estaba en su cuarto arreglándose. D. Félix, cuando se hubo retirado el ama de gobierno, abrió su armario, acercó á él una silla, se encaramó sobre ella, sacó algunos legajos y tomó un bote de hoja de lata que había detrás de ellos. Lo abrió, y después de contemplar con emoción su contenido, sacó de él una moneda de oro de ocho duros y volvió á colocarlo en su sitio y á cerrar el armario. En seguida silenciosamente subió arriba y fué al cuarto de Flora.
—Pensaba que te habías marchado sin despedirte de mí, niña —dijo suavizando de un modo sorprendente su voz. —Me desperté tarde contra mi costumbre…
—¡Había de marchar sin decirle adiós, señor!… ¿Qué idea tiene de mí? —exclamó la zalamera morenita anudando sobre la cabeza su pañolito de seda encarnada y retocándose los rizos frente á un espejillo mal azogado.