La aldea perdida

La aldea perdida

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—Bien… bien… me alegro —repuso D. Félix algo acortado (porque empezaba á sentir cierta cortedad frente á esta muchacha). —Has de decirle á tu abuelo que si uno de los molares está casi inútil, como me mandó á decir, puede renovarlo y que me lo ponga en cuenta. Y que no permita al colono de D. Casiano que tome agua de la acequia, que no tiene derecho á ello. Y que si necesita cortar algún roble para arreglar el estanque puede hacerlo… No te olvides, ¿eh?…

No, no se olvidaría. Tampoco se olvidaba de colocarse bien sobre la garganta la triple sarta de corales y colgarse de las orejas los pendientes de perlas regalo del capitán y estirar con la punta de los dedos los cabos del pañuelo á fin de que cayesen con gracia sobre las sienes.

—Mira, Florita… te voy á hacer un regalo, hija mía… pero no se lo digas á nadie —siguió el capitán con voz levemente alterada.

Y al decir esto llevó mano al bolsillo. Pero en el mismo instante echó una mirada á la calle por el balcón medio abierto y vió á la vieja Rosenda que desde lo alto de su hórreo los espiaba.

—¡Ya está aquella bruja fisgando! —exclamó poniéndose serio. —Ven acá, Florita, ven á mi cuarto.

Y enderezando los pasos hacia la escalera la bajó seguido de la joven y se entró en su cuarto.


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