La aldea perdida
La aldea perdida —Toma esta media onza —dijo sacando al cabo la moneda de oro del bolsillo. —Es para ti… para ti nada más, para que te compres cintas… confites… lo que quieras. No digas nada á tus abuelos, porque ya sabes, llorando miserias te sacarÃan los cuartos… ¿Verdad que no?…
Flora hacÃa signos negativos con la cabeza, pero en el fondo de su alma estaba diciendo: «¡Qué cosas tiene este D. Félix! ¡Cómo voy á negar el dinero á mis abuelos si veo que lo necesitan!».
—Bueno, ahora adiós, hija mÃa. Has de volver pronto, ¿eh?… cuando recojamos el maÃz y haya esfoyaza. Ya te avisará Robustiana… Linón te habrá puesto jamugas en el caballo, ¿verdad?… ¿No?… Bien, bien, ya sé que montas perfectamente, pero ten cuidado, hija, no vayas á caerte. Que te acompañe Manolete de espolista para traer luego el caballo… Adiós, hija, adiós… No te des atracones de avellanas; ya sabes que te hacen daño…