La aldea perdida

La aldea perdida

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Quino y Celso, que le habían estado mirando con estupor durante el relato, soltaron al cabo una estrepitosa carcajada. Bartolo volvió la cabeza.

—¿De qué os reís?

—¿De qué ha de ser? ¡De ti! —respondió su primo.

—¿Sabes lo que te digo, Bartolo? —manifestó Celso con mucha calma. —Que si Toribión te sopla así (y le sopló en el cogote) te apaga como la luz de un candil.

Habían llegado ya á las alturas que dominan el lugar de Villoria. La cañada se ensanchaba un poco allí y en las amenas praderas que el riachuelo dejaba á entrambas orillas estaba asentado el pueblo, el más grande y poblado después de la capital. No quisieron bajar á él, porque de la fidelidad de sus campeones estaban seguros. Prosiguieron su camino por las cumbres hacia Fresnedo, que se hallaba mucho más alto. El sol descendía ya un poco del cenit cuando llegaron á él.



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