La aldea perdida

La aldea perdida

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—No sería la vez primera.

Quino y Celso cambiaron una mirada y sacudieron la cabeza entre irritados y alegres.

—No sería la vez primera —repitió Bartolo sin advertirlo. —Una noche que fuí á cortejar á Muñera tropecé con él cerca de Puente de Arco. Al revolver el camino vi á los pocos pasos un bulto muy grande, como si fuese un buey puesto en dos pies… —¡Alto! —me gritó tapando el camino. —¿Quién eres y adónde vas? —Soy el hijo de mi padre— respondí —y voy adonde me da la gana. —Pues por aquí no pasa nadie que no se quite la montera y dé las buenas noches. —Pues ahora va á pasar uno sin quitarse la montera. —¿Quién va á ser? —Mi persona… Y revolviendo el garrote le doy con toda mi fuerza en el brazo y le hago soltar de la mano el suyo. En seguida le arrimé tres ó cuatro vardascazos en el cogote. —Toma, para que te acuerdes del hijo de la tía Jeroma. —¿Pero eres tú, Bartolo?… Perdona, hombre, no te conocía. Y viene y me da la mano diciéndome: —Yo contigo nunca tuve sentimiento alguno. Siempre te estimé aunque seas de Entralgo, porque los mozos plantados y valientes como tú se estiman… vamos… y parecen bien donde quiera que vayan. —Eso está bien hablado, Toribio —le contesté, —y si hubieras, hablado siempre así yo no hubiera alzado el garrote.


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