La aldea perdida

La aldea perdida

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—¿Que si le zumba? —exclamó Quino aceptando, sin comprenderlo, el lenguaje pintoresco de su amigo. —Habías de verlo desenvolverse como yo le he visto el año pasado en la romería del Otero. Tenía seis hombres encima de sí y no de los peores de Rivota. Pues no les volvió la cara, ni creo que la hubiera vuelto aunque fuesen doce. ¡Qué modo de revolverse!, ¡qué modo de brincar!, ¡qué modo de dar palos! ¿Veis un oso cuando los perros le acometen después de herido, y al primero que se le acerca le da un zarpazo y lo tumba y los otros ladran sin atreverse á entrar hasta que uno más atrevido se lanza y vuelve á caer? Pues así estaba Nolo en medio de aquellos mozos… Pero el palo restalla y se le quiebra en las manos… Ya está perdido… ¡Ahora si que le van á moler las costillas!… ¡Ca!… Más de prisa que te lo cuento da un salto adelante, arranca el palo á un mozo, vuelve á saltar atrás y empieza á sacudirlo como si fuese un junco del río. ¡Muchachos, en verdad os digo que era gloria el verlo!… Yo estoy en fe de que en toda la parroquia de Villoria no hay ahora ninguno capaz de ponerse delante de Toribión de Lorío más que él… y ¿por qué no hemos de ser francos?, tampoco en la de Entralgo.

Bartolo dejó escapar un bufido dubitativo.

—¿Qué gruñes tú, burro, qué gruñes? —exclamó Quino con rabia. —¿Acaso piensas tú ponerte delante de Toribión?


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