La aldea perdida

La aldea perdida

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El sol declinaba. El camino, más fresco y más umbrío que antes, el aire embalsamado con los aromas del campo, el dulce murmullo del río no lograban calmar á nuestro hidalgo. Pero al revolver de una de las sinuosidades de la cañada vió de pronto el rostro mofletudo de D. Prisco y súbito descendió la calma á su espíritu. Siempre le acaecía lo mismo. La cara del párroco de Entralgo, sin saber por qué, ejercía un efecto sedante bien definido sobre sus nervios. Venía éste caballero en un rucio matalón enjaezado con albarda.

—¿Hacia dónde caminamos, D. Prisco? —preguntó ya alegremente el capitán teniendo del ramal al burro.

—Villoria —manifestó aquél con su acostumbrado laconismo.

—¿Va usted á dormir allá?

—Sí. El cura está enfermo. Mañana San Roque.

—¡Ah, no recordaba! Cierto, cierto… mañana San Roque… ¿De modo que hoy no podemos echarla?

—Aguardando toda la tarde.

—Sí, sí… lo creo… No me fué posible. Tuve que hacer una visita á mi primo César —manifestó D. Félix poniéndose de nuevo sombrío.

—Si usted quiere… Aquí traigo baraja —gruñó don Prisco llevando la mano con vacilación á las alforjas.


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