La aldea perdida
La aldea perdida —¡Hombre, bien! —exclamó el capitán tornando á serenarse. —Es una buena idea… Tres jueguecitos nada más, ¿verdad?
—Nada más —masculló el cura.
Echóse un poco hacia atrás éste hasta quedar sentado sobre el trasero del borrico, dejando un buen pedazo de albarda al descubierto. Y sobre este pedazo á guisa de mesa colocaron la baraja y comenzaron su brisca, D. Prisco montado, el capitán en pie con los codos apoyados sobre la montura.
Después de los tres juegos echaron otros tres y después otros tres… Otros tres en seguida… Hasta que la noche los sorprendió en tan interesante situación. Cuando ya no vieron las cartas las soltaron y se despidieron hasta el dÃa siguiente.
