La aldea perdida
La aldea perdida Al pronunciar las últimas palabras se le anudó la voz en la garganta al mancebo, las lágrimas saltaron á sus ojos y trató de levantarse para marchar. Pero Flora le detuvo tirándole por la manga de la camisa. También ella estaba llorando.
—No, Jacinto, no soy tan dura como piensas —articuló quedo y con trabajo. —Mi corazón no es de piedra, pero soy rapaza todavÃa y no sé bien lo que hago. Sin querer te habré ofendido más de una vez, y si es asÃ, perdóname. Si tú me quieres como dices, yo nunca dejé tampoco de quererte… Pero las mozas no podemos decir lo que nos pasa aquà dentro del pecho como vosotros… Ni está bien que lo digamos; tú bien lo sabes. La vergüenza nos traba la lengua y el miedo á que os riais de nosotras nos hace ariscas aunque estemos por dentro más derretidas que una manteca… No llores, Jacinto, no llores, porque me partes el alma… Vive seguro de que si algún mozo logró hasta ahora que le tuviese ley fuiste tú. Te lo juro por esta cruz bendita…
Y al decir esto Flora besó conmovida sus propios dedos que habÃa puesto en cruz.