La aldea perdida
La aldea perdida Jacinto vió de repente todos los ángeles y arcángeles, serafines y querubines, tronos y dominaciones del cielo. Y viéndolos desfilar tan hermosos, tan brillantes y risueños, permaneció atónito, arrobado con tal expresión de estúpido embeleso, que si Flora no estuviese tan conmovida y hubiese vuelto hacia él su rostro, le suelta sin remedio una carcajada.
—¿Quieres más, zarramplÃn, quieres más? —exclamó ella al cabo de un rato entre risueña é irritada limpiándose con el delantal las lágrimas que corrÃan de sus ojos. —¡Ya me sacaste del alma lo que tenÃa allà guardado, gran zorro!
Y al mismo tiempo le aplicó en el brazo un soberano pellizco. Jacinto lo recibió con más gusto que si todos aquellos ángeles y serafines que veÃa cruzar radiantes le hubiesen besado en la mejilla. Pero aún estuvo algunos momentos sin poder articular una palabra. Al fin se les desató á ambos la lengua. Ella, vencida ya aquella vergüenza que la obligaba á parecer desdeñosa, mostró en seguida la travesura y alegrÃa de su genio. Él tardó más tiempo en recobrarse y nunca se recobró del todo porque su timidez era congénita.
—¿Cómo has venido esta noche por acá? —le preguntaba ella. —Yo pensé que estarÃas en la lumbrada de la Pola.
—Ya sabes que no me gustan las lumbradas.