La aldea perdida
La aldea perdida —No digas eso: dà que te tiraba más la querencia hacia LorÃo, aunque sea mentira —replicaba ella clavándole una mirada enloquecedora.
—¡Oh, no es mentira!
—SÃ, es mentira, embustero, es mentira… ¿Ves cómo te pones colorado?… ¡Porque es mentira!
Y al mismo tiempo le propinaba otro bárbaro pellizco que el bienaventurado Jacinto recibÃa con el mismo éxtasis y recogimiento.
—¿Viniste por Entralgo?
—No, vine por el monte á caer sobre Rivota.
—Has hecho bien, porque podÃas tropezar con los mozos de este pueblo que son muy burros.
El joven se encogió de hombros con profundo desprecio.
—Los mozos de LorÃo no me hacen á mà daño. Ya sabes que los de Fresnedo estamos apartados hace tiempo de toda bulla.
—¡No te fÃes, son muy burros!