La aldea perdida
La aldea perdida Apuntada por segunda vez esta opinión tan poco favorable al desenvolvimiento psÃquico de sus compatriotas y contraria enteramente á la ley de la evolución, Flora se creyó en el caso de dar otro pellizco á Jacinto, aunque más suave que los anteriores, y decirle que era un grandÃsimo cazurro y que hiciese el favor de no provocarla más. Jacinto no sospechaba que la hubiese provocado, pero lo dió por bueno y sonrió con toda la malicia de que era capaz, que no era mucha. Visto lo cual Flora persistió en tomar venganza de sus zorrerÃas, pellizcándole sin piedad y dándole fuertes empujones que le hacÃan tambalearse en la tajuela.
Los viejos mientras tanto silenciosos proseguÃan su obra, pero el sueño empezaba á acometerles y daban alguna que otra cabezada. La acequia que corrÃa por debajo del molino con su murmullo sordo y el ruido monótono que hacÃan los molares de piedra al rodar en los cajones convidaban á dormir. La charla de los jóvenes en voz baja era cada vez más Ãntima.