La aldea perdida
La aldea perdida Dejaron de sonar los pasos del joven. Su voz se fué perdiendo en las encrucijadas del camino. Flora permaneció todavÃa algunos instantes á la ventana pensativa y sonriente. Al fin la cerró, se desnudo á toda prisa y se metió en la cama. Murmuró sin dejar de sonreir las oraciones acostumbradas, y sonriente, siempre sonriente, se quedó dormida. ¡Ah, si supiera!…
Jacinto marchaba con paso ligero hacia Fresnedo por el camino llano de Entralgo, en vez de tornar por el monte como habÃa venido. Era más largo, pero no tenÃa prisa de llegar á casa. Su corazón necesitaba narrar su dicha á los árboles y al rÃo, al valle y á los montes, á la luna y á las estrellas. Y como adivinaba que la tarea iba á ser larga, procuró dar un rodeo para ganar tiempo. Marchaba cantando, y mientras cantaba iba recordando y mientras recordaba iba soñando despierto.
Antes de llegar á Rivota, en un recodo del camino sombrÃo y temeroso oyó una voz que gritó:
—¡Alto!
Y á pocos pasos delante de sà distinguió los bultos de unos cuantos mozos que sin duda venÃan de la lumbrada del Otero.
—¿Quién me da el alto? —preguntó con arrogancia el joven.
—Yo soy Jacinto, yo soy —respondió la voz de Toribión de LorÃo con la misma altivez.