La aldea perdida
La aldea perdida —¿Y qué me quieres, d�
—Quiero que grites «¡viva LorÃo!», ó que pagues el portazgo.
—Ni yo grito viva LorÃo ni tú eres capaz de hacerme pagar el portazgo —replicó el mozo dando un paso atrás y blandiendo su garrote.
—Ahora lo veremos —rugió Toribión lanzándose sobre él.
Chasquearon los garrotes. Jacinto resistió briosamente el Ãmpetu de aquel coloso, y esquivando con destreza sus golpes pudo alcanzarle con más de un garrotazo. Pero los amigos que con él venÃan le secundaron innoblemente. Todos alzaron los palos. En vano brincando hacia atrás con increÃble ligereza y haciendo molinete con su palo se defendÃa de la lluvia de golpes. Al fin se vió perdido y comprendió que era necesario volver la espalda y huir; mas al hacerlo se vió sujeto por las manos de un mozo que cautelosamente y aprovechando la oscuridad se habÃa deslizado hasta ponerse detrás. Otras manos cayeron sobre él al instante y le aprisionaron. Le arrancaron el palo y con él, para más ignominia, le sacudieron las costillas.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó al cabo Toribión. —¿Le dejamos marchar?